Es verdad que en todo tiempo debemos buscar vivir en la sabiduría y en la santidad de Dios, pero la Cuaresma es como un particular “sacramento”, que nos permite purificar, de un modo especial, el corazón para que podamos entrar en la Pascua de Cristo no con la levadura de la perversidad, sino en los panes ázimos de la verdad (cf. 1 Cor 5,8). Es decir, que realizando la fidelidad bautismal, que lleva a alcanzar la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13), podamos vivir como él y en su total adhesión al Padre.